domingo, diciembre 06, 2015

Eva


Podría contar los días desde que se fue, podría contar los días desde que enfermó, pero me gustaría aún más contar los días desde que la conocí. Aunque solo voy a contar los años. Hace tres que murió, cuatro desde que supimos que estaba muy enferma, y durante treinta y ocho años tuve el placer de conocerla. De vez en cuando hojeo internet buscando noticias sobre ella, como si fuese posible encontrar algo nuevo que no haya leído aún. O como si alguno de los textos o imágenes que veo me ayudasen a traerla de nuevo. Es un ritual que repito de forma periódica, un mantra que aparentemente calma esa sensación de vacío y pérdida. Hace cuatro años que siento que el tiempo estalló con furia y al caer quedó paralizado. Hoy miro la distancia y me asombra que hayan transcurrido tantos días desde que el mundo comenzó a girar demasiado deprisa para quedarse en él. Una parte de mí decidió sentarse en una esquina y verlo pasar. Amigos llegaban, amigos se iban. Otros permanecían. Te quedas quieto, muy quieto, casi inmóvil y el mundo continúa girando aunque tú te empeñes en vivir ajeno a él.

No sé muy bien qué contar sobre Eva. Parte de ella me anclaba a la vida, la hacía por un lado más real y por otro más extraordinaria. Pero no era un ser extraño ni mágico. Tenía esos defectos que aprendes a querer porque son precisamente los que hacen tangibles, maravillosas y únicas a las personas que amas.

Hoy decido caminar de nuevo, reimaginando su risa. Y es que Eva tenía esa risa franca y contagiosa que solo pertenece a los niños. Cuatro años son demasiados para permanecer quieta. Hoy le dedico esto.

Hace cuarenta y siete años que nació, y cuarenta y uno desde que la conocí.


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